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La degollación de San Juan Bautista PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Administrator   
sábado, 29 de noviembre de 2008
Índice del Artículo
La degollación de San Juan Bautista
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Página 4

Apuntes Históricos y Geográficos del Seminario Cristiano
Bíblico Fundamentalista del Uruguay (Educ. a Distancia).
Aporte de FERMÍN YZURDIAGA LORCA.

icon Degollación de Juan el Bautista (25.7 kB) 

Maqueronte, castillo, había tomado el
nombre de Maqueronte, ciudad. Ciudad cercana.
Castillo emplazado en el punto de declive en que
la triste meseta del desierto declina hacia el mar
Muerto. Horizontes calcáreos, polvo blanco,
aridez, sol y tierras calcinadas. Pendiente
inclinada hacia las desoladas orillas del mar de la
maldición, declive que se fragmenta en diversas
cimas, aisladas unas de otras. Por Flavio Josefo, el
historiador judío, conocemos interesantes noticias
y pormenores de esta fortaleza de Maqueronte.
Levantaba sus arrogantes murallas al oeste del
mar Muerto, en la Perea. Como fortaleza —según
Plinio la más segura después de la de Jerusalén—
servía de recio baluarte contra los árabes
nabateos, lindantes con los estados herodianos.
Construcción fuerte y cómoda a la vez; era una de
aquéllas que Herodes el Grande había edificado
en diversos lugares de sus dominios. Se advierte
en la morosidad y detalles de la prosa de Flavio
Josefo un particular gusto en describirla. Dice que
Herodes construyó en medio del recinto
fortificado «una casa regia», suntuosa por la
grandiosidad y hermosura de sus departamentos»
y que la proveyó, además, de abundancia de
cisternas y de toda clase de almacenes. Convenía a
la aridez y apartamiento del lugar.

La doble ventaja de Maqueronte de
aunar fortaleza y casa de placer ofrecía al hijo de
Herodes el Grande, Herodes Antipas, actual
tetrarca, la oportunidad de atender a un doble
objeto: vigilancia de sus fronteras, amenazadas
por Aretas, rey de los nabateos, y solaz para sus
largas horas de pequeño rey desocupado y amigo
de fiestas y diversiones. De aquí su detenerse
preferentemente muchas temporadas en este
alcázar. El generoso abastecimiento, la alegre
compañía, acomodada a sus caprichos, y los gustos
que podía permitirse, convertían la aridez del
desierto en amena y divertida morada.

Y es el mismo historiador judío, Josefo,
quien nos certifica de este sitio como escenario de
uno de los dramas más pungentes, aleccionadores
y bellos en la historia de la santidad: el del final de
la vida y el martirio de Juan, el Bautista. Flavio
Josefo era contemporáneo del santo Precursor.
Austeridad de paisaje y palacio de deleites. Marco
expresivo para aquella figura de vida penitencial
que remata corno invencible víctima de ajenos placeres.

Una providencial incidencia nos ilustra
sobre este caso sublime de la vida del hijo de
Zacarías y de Isabel. San Marcos y San Mateo nos lo
recuerdan, ocasionalmente, con motivo de los
temores de Herodes ante la predicación y los
milagros de Jesús. Cuando llegan a oídos del
tetrarca galileo las noticias de la aparición del
Maestro, se estremece. En su pavor, turbio y
supersticioso, se pregunta: ¿Es Juan el que yo maté,
que ha resucitado? «Y oyó el rey Herodes, el
tetrarca, la fama de Jesús, todas las cosas que El
hacía, porque se había hecho notorio su nombre, y
decía: Juan el Bautista ha resucitado de entre los
muertos; y por esto óbranse en él milagros. Y otros
decían: Es Elías. Y decían otros: Es el profeta, como
uno de los antiguos profetas. Cuando lo oyó
Herodes, dijo a sus criados: Este es Juan el Bautista.
Este es aquel Juan que yo degollé, que ha
resucitado de entre los muertos. Y dijo Herodes: A
Juan yo lo degollé. ¿Quién, pues, es éste, de quien
oigo tales cosas?» Así, los dos evangelistas nos
hacen el don de unas páginas impresionantes.
Consiguen en ellas uno de los relatos de más
dramática viveza. Y de suprema lección moral y
sublime heroísmo. Con la información de San
Marcos y la complementaria, paralela, de San
Mateo, se nos da, de mano sobria y segura,
penetrante agudeza psicológica, desarrollo y
meandros de la pasión, descripción costumbrista,
altísimo ejemplo de santidad. Sintetizando la
acción del drama, podríamos formular: sobre el
pavimento de mármol de una sala de festín, bajo el
lujo asiático de damascos y sedas, entre perfumes,
copas de plata y de cristal, serpea la vileza de la
lujuria, la vileza de la venganza y la vileza de la
cobardía. Del juego combinado de esta triple
alianza brota un crimen. Y de la negrura de este
crimen, como de la tiniebla subterránea del
calabozo donde se ejecuta, se alza una aurora de
heroísmo, la gloria de un martirio. A través de las
líneas de la narración de los sagrados escritores,
centellean, con alternativa luz de horror y de
hermosura, el relámpago de la espada cercenadora
y la plata de la bandeja donde cae el fruto cortado
por la espada.



Modificado el ( jueves, 04 de diciembre de 2008 )
 
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